La esponja
Hace unos días me leí un estudio publicado en Nature Communications.
Científicos de Chile y California analizaron 70.000 tormentas intentando predecir cuándo un río atmosférico pasa de ser lluvia a convertirse en catástrofe.
(Una cosa un poco loca que no voy a explicar técnicamente).
Las conclusiones del estudio es que llevaban años lo midiéndolo mal.
Miraban la intensidad del fenómeno.
La cantidad de agua que venía.
La duración.
Y fallaban.
¿Por qué?
Se dieron cuenta que el problema no era el cielo.
Era el suelo.
El suelo, ¡claro coño!
No solo tenemos en cuenta el origen del problema sino donde cae.
Para que te hagas una idea.
Es como si te pones a estudiar por qué entra agua en tu casa mirando solo los ciclos de la lluvia, las temporadas de frío y humedad y el volumen de agua por metro cúbico que cae en esas temporadas en lugar de plantearte cómo está el techo o la terraza de encima de tu casa.
Un suelo seco aguanta casi cualquier tormenta.
La absorbe. La digiere. Sigue adelante.
Un suelo ya saturado por semanas de lluvia previa no puede recibir ni una gota más.
El agua que llega no tiene a dónde ir. Se desborda. Destruye.
Por eso cuando se construyen nuevas viviendas, cuando se levanta sobre nuevo suelo es fundamental un buen sistema de drenado de aguas.
(Algo que no siempre se hace bien porque viene tu tío Gumersindo de Aranjuez a hacértelo).
El caso es que los estudiosos llegaron a la conclusión:
Misma tormenta. Distinto resultado. Dependiendo de lo que había antes.
Lo llamaron la analogía de la esponja.
Y a mí me hizo gracia porque siempre uso esa analogía para explicarle a los clientes los problemas de capilaridad.
POrque cuando tienes capilaridad no es que te ha salido el problema hace unos días, es que llevas dos meses (o dos inviernos) saturándose, absorbiendo, aguantando... hasta que dejó de poder y reventó.
Reventó la pintura, el muro, los ladrillos y todo lo que pudo se lo comió.

